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De la naturaleza de las cosas

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Sapientia: Ningún poder, algo de saber, algo de sabiduría y el máximo sabor posible”

             Roland Barthes. Lección inaugural Colegio de Francia.

 

 

El Tiempo es una manera de hablar.

Y si es cierto que todos estamos solos es también entonces una categoría excesiva que se suprime cerrando la boca.

El silencio es una manera de Eternidad.

Por eso atreverse a hablar es mucho más que abrir la boca.

 

Estamos ardiendo en un desierto desolado. No hay protección y el sol carece de piedad.

Sobrevivimos anhelando la lluvia, administrando las fuerzas, racionando las provisiones.

Los que siguen nuestra derrota desde la protección de los árboles o desde la constante distracción de los riachuelos de montaña no entienden cómo sobrevivimos en un mundo en el que todo es falso o imaginado.

Ellos construyen sus cabañas con madera y piedra y ofrendan sacrificios a los dioses ansiosos; nosotros dormimos al raso, cubiertos con las telas de nuestros vestidos, sospechando el agobio del techo o de la pared, sabiendo que los dioses están tan interesados en nosotros como nosotros en las hormigas.

Fuimos nómadas, y antes del horror y la destrucción, convertidos en señores sedentarios, nos destacamos en las artes de la navegación y el comercio, hasta que la densa sal hizo imposible cualquier singladura y el viento ardiente secó las huertas y mató las palmeras.

 

Pero no estamos tristes, a pesar de ser un pobre consuelo, la desgracia nos ha unido más firmemente que nunca, marido con esposa, hermano con hermana, padres con hijos, y la abuela que se encoge de hombros y que musita el epitafio a cualquier derrota: ¿Qué podemos hacer?

 

Como rotunda respuesta alguien saca el único libro que hace dos milenios salvamos de las llamas y de la voracidad de las polillas; un tal Tito Lucrecio Caro, del que nada sabemos, lo escribió para alejar el temor y fomentar una serena alegría; abriéndolo al azar comienza a recitar la extraña letanía que siempre nos consuela:

 

El universo no tiene creador ni ha sido concebido por nadie.

El alma muere.

No existe el más allá y la muerte no es nada para nosotros.

 

Y todos, al unísono, repetíamos:

 

¡Y la muerte no es nada para nosotros! 

 

 

Todas las religiones organizadas son ilusiones de la superstición y son invariablemente crueles.

No hay ángeles, ni demonios ni fantasmas.

 

Y algún niño, en voz baja: ¡Qué lástima!

 

Y ya cuando se apaga el fuego, tres minutos antes de la aurora, todos juntos:

 

El fin supremo de la vida humana es la potenciación del placer y la reducción del dolor.

 

Y de nuevo, los niños:

 

¡Eliminad esperanzas e ilusiones!

 

Y nos callamos y experimentamos gran gozo contemplando la salida del sol.

Y entonces, una lluvia imaginaria alivia la tierra cuarteada y la piel reseca.

Y, serenos, seguimos camino por siempre jamás.

 

Gabriel Betotti 


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