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Intervencionismo versus libertad

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Decía Julio Pomés, presidente del think tank Civismo, en un reciente artículo en ABC, que era inadmisible que la Administración pública pueda imponer a uno cuando puede ir de compras y cuando no. Y explicaba cómo en comunidades donde existen políticas intervencionistas los resultados son la ruina de la región, mientras que las zonas donde se promueve la libertad, aumenta el progreso, el dinamismo y mejora en productividad.

Según el estudio “Efectos del carácter restrictivo de la normativa comercial sobre la competitividad catalana 1997-2012” de la Autoritat Catalana de la Competència, la regulación intervencionista que se ha aplicado en Cataluña «no ha sido efectiva para evitar la caída del comercio tradicional y ha sido contraproducente para fomentar su modernización y especialización».

Esto viene a cuento de la decisión de los partidos de izquierda y del partido de derecha populista en Ciutadella, de prohibir que las grandes superficies puedan seguir abriendo los domingos, como se venía haciendo hasta ahora.

Esta decisión supone el triunfo de las tesis intervencionistas frente a la libertad, lo cual tendrá, y ya tiene, efectos nocivos para la economía local, con reducción de jornadas laborales y disminución de actividad económica. Esta decisión convierte, además, a Ciutadella, en la única población de Menorca con sus grandes superficies cerradas en domingo.

La historia da la razón a los que defendemos la libertad frente al intervencionismo. De hecho, es algo constatable que la liberalización de la economía siempre ha resultado beneficiosa para el conjunto de los ciudadanos, mientras que las políticas proteccionistas y de corto alcance siempre han provocado ineficiencias, pérdida de calidad y subida de precios. Sorprende, por tanto, que en pleno siglo XXI todavía haya personas que puedan defender políticas intervencionistas que siempre se han mostrado ineficaces.

Se ha querido, también, contraponer la actividad del pequeño comercio con las grandes superficies, lo cual es un debate interesado que nada tiene que ver con la realidad. El pequeño comercio tiene otros problemas y otros retos que el cierre de las grandes superficies en domingo no van a solucionar. Entre ellos está el reto de la especialización y la calidad de su oferta, el comercio electrónico o el cómo hacer atractivo el centro de la ciudad para que los ciudadanos hagan sus compras allí.

Pero la cuestión de abrir o no en domingo va más allá de sus fatales consecuencias económicas, entronca con la libertad personal, con la libertad en mayúsculas. La pregunta es: ¿Por qué la administración pública me tiene que imponer cuando puedo comprar y cuando no? ¿Por qué la administración pública tiene que interferir en mis hábitos de compra? Con el cierre de los domingos, la libertad individual ha sufrido un nuevo golpe y los usuarios han visto restringidas, de forma injustificada, sus opciones de compra.

Además, en este caso, se da una paradoja muy curiosa: mientras que las grandes superficies que quieren abrir en domingo, no pueden hacerlo; los pequeños comercios, que sí pueden abrir, no quieren abrir sus negocios. Todo un despropósito que sólo perjudica a los ciudadanos.

En resumen, desde mi punto de vista, la decisión de obligar a cerrar las grandes superficies en domingo, es un intento baldío de poner puertas al campo y nos retrotrae al pasado y a prácticas obsoletas. Además, las políticas intervencionistas en el comercio han quedado superadas por internet, donde no hay ni horarios ni días cerrados. Estas políticas intervencionistas no generan tampoco actividad económica, sino más bien al contrario, crean ineficiencias y reducen la productividad. Y, sobretodo, son una merma en la libertad personal de las personas y una injerencia intolerable en los hábitos de consumo de la gente.

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