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Rusiñol: 'Desde una Isla / En busca de un istmo'

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Continúo con los artículos que Santiago Rusiñol publicó en el año 1893 en La Vanguardia. Era el primer viaje que realizó a Mallorca.

En este artículo utiliza la expresión "montañas azules". Se cuenta que las montañas italianas tienen una tonalidad rosa, mientras que las de Mallorca son azuladas. Hay un libro de Manuel L. Alonso titulado La isla de las montañas azules (1992) cuya trama se desarrolla en Mallorca.

Desde una Isla: En busca de un istmo

La vida de ciudad empezaba á cansarnos. Deseábamos salir al campo para ver de cerca las montañas azules que asomaban detrás de Palma; queríamos saber dónde iban á parar aquellas bien cuidadas carreteras que salían del mismo Borne como los rayos de una estrella de los vientos y sobre todo (dicho sea con toda la reserva que puedan tener las letras de molde) queríamos estudiar las costas con cuidado, por si acaso encontrábamos un itsmo que buenamente se uniera al continente, pues aunque todo el mundo aseguraba lo contrario, pensábamos que á veces la fuerza de la fé encuentra lo que »o han visto los fabricantes de planos.

Además, según saben personas de muchísimas creencias, Monsieur Urbán fué el primero que llegó hasta esta tierra por rumbo desconocido. Y esto nos daba alientos para buscar en los más pequeños pliegues del terreno, un paso, por malo que fuera, que nos sacara en seco de esta isla problemática cuando llegara el momento de marcharnos.

Fuímonos, pues, á la estación, tal como suena, que estación hay aquí, con ferrocarril de verdad, y con todo su juego de máquinas, frenos, furgones y coches de pasajeros. Es verdad que el tren es un tren que vacila entre los caros y los llamados económicos, que más que á fuerza de vapor parece que ande dándole cuerda, pero al fin y al cabo es elegante y brioso en llegar á paradero. Y marchó sin separarse ni un momento de la vía.

pintura
Castell del Rei, Pollença. Pastel y lápiz sobre papel. Sin fecha.

Siguiendo ésta, fuimos andando entre un alegre y bellísimo paisaje. Sin duda para obsequiar nuestra visita se había dispuesto que brotaran á la vez los almendros que se hallaban á lo largo del camino, fineza que agradecimos en extremo, pues fue un regalo á los ojos, digno de testas coronadas de buen gusto. Por ambos lados de la vía, no se veía más que ancha sábana blanca, destacando sobre una alfombra de matísima verdura; corría el aroma muchísimo más que el tren, pues en él nos alcanzaba, dándonos á respirar un aire suavemente embalsamado; y abiertas de par en par las ventanillas, parecía que nadábamos velozmente sobre un lecho de flores. Aquel tren, no era un tren para dormirse, como tantos que tienen el mal acierto de pasar por países feos é indiferentes; aquello no era hacer viajar el cuerpo, sino acompañar al espíritu, para que se embriagara á sus anchas de paisaje bien servido. Pasados los árboles de las flores, venían los olivares, grises de hoja y plateados como todos los de su clase, pero más viejos que los demás, más abierto el corazón por sus caprichos de árbol, tomando más extrañas actitudes, formas más inesperadas y siluetas más fantásticas; seguían luego los higuerales y algarrobos dejando caer sus brazos desmayados hasta el suelo; de nuevo volvíamos á la blancura, destacada de vez en cuando por la nota bronceada de limoneros ó naranjos, ó por la augusta palmera, gozando en cimbrearse con la oriental indolencia que sufren estos románticos árboles... Y aquí un pueblo, allá una visión de montañas, no pudimos dar tregua á la mirada, saltando de ventanilla en ventanilla, para ganarnos panorama de ida y vuelta, hasta llegar á la Puebla.

Allí bajamos y subimos. Bajamos del tren y subimos á un carril, nombre que aquí se da á la tartana por razones que datan de remotísima fecha. En él volvimos á andar con noble perseverancia, vigilando á los lados del camino, á fin de ver si divisábamos algún talayot auténtico, que por allí debía haberlos, según nos habían informado.

Son los talayots habitaciones de los primeros pobladores de Mallorca, monumentos megalíticos, casas ciclópeas, ó habitaciones terrestres de las edades prehistóricas, según dicen la mayor parte de los sabios. En lo que estos no están conformes (jamás he visto que los sabios lo estuvieran), es en saber si esas hoy rústicas casas fueron fincas urbanas de los celtas, de los íberos, de los hunos ó de los otros. Están formadas de grandiosos pedruscos; no tienen más que bajos, y son propiedades que debían producir muy poca renta á los honderos baleares que eran sus dueños legítimos. Es verdad que estos eran hombres de pocas necesidades. Su afán era tirar piedras á todo bicho viviente y aun á las mismas personas, construirse su talayot y esperar el porvenir, sin pagar contribución, ni sastre, ni médico, ni abogado. El pan debían ganarlo los chiquillos haciéndolo caer á pedradas de un punto dificilísimo, donde lo colocaba la madre. Esta vivía en gran estima y el hombre iba de mercenario á la guerra ó defendía la integridad de la patria, No conocían el oro, ni lo querían conocer para no viciarse y perder las formas esculturales, y en el mercado de esclavos daban cuatro hombres por una sola mujer, lo que prueba que eran filósofos en extremo y personas de buen gusto, y que aquellos talayots cobijaban gente feliz y de costumbres dignísimas.

pintura
Castell del Rei, 1902

Todo esto sabíamos de su historia, pero no veíamos un talayot en todo el llano. A cada montón de piedra que divisábamos á lo lejos, nos latía el corazón; á cada volver del camino lanzábamos la mirada que debió lanzar Napoleón en busca de las pirámides, para ver si asomaba un talayotito pequeño, y no veíamos nada que nos diera esperanzas talayóticas; una vez bajamos del mismo carril: y ¡oh dolor! lo que creíamos megalítico y ciclópeo fue barracón de nuestros míseros dias!

La historia y la prehistoria huían de nosotros, pero Pollensa, la Pollencia romana se acercaba y á las diez de la mañana llegamos á lo que debieran ser sus murallas en caso de estar la villa fortificada. No lo estaba, ni es el pueblo, pueblo de armas tomar, ni rico en monumentos antiguos, pero en cambio goza la paz de su hermosura, en el regazo de un valle que envidiara una ciudad de Oriente y vive feliz en aquel rincón de mundo, viendo brotar el azahar de sus naranjos, para dar fruto de oro en aquel fondo de continua primavera.

Una sola portada vimos que nos pareció interesante. Mirábamosla desde la calle, curiosos, cuando saliendo de la tienda un personaje, rarito «él», díjonos, seriamente plantado en seco delante de nosotros: «¿Estáis mirando la fachada?. Estoy conforme. Tengo los documentos de cuatro linajes. Estos linajes son Morgaz, y los guardo en pergamino.» — Podéis guardarlos, si os place, contestamos. Estamos conformes, y con vuestro permiso nos vamos á la posada, caballero, á comer también cuatro linajes de aves, con carne de pergamino.

Así lo hicimos, y acabado de comer presentóse un paje con cuatro bestias de la raza de los mulos. Subió Gomis de un salto en uno de ellos, montó otro Casellas á la inglesa, el tercero Font á la irlandesa, y en cuanto á mi humilde persona, arréglela como pude en lo alto del animal que me cabía en bien malhadada suerte, el cual llevaba tal enredo de monturas y tan gallardemente anchurosas, que había para volverse loco buscando su uso y significado. A pesar de ello trotaron las bestias hacia el castillo del Rey, á donde nos dirigíamos á visitar sus ruinas. A veces, las nobles cabalgaduras se empeñaban en andar de un modo que no era andar, tal era su calma ó filosofía, y ni con súplicas, ni tirando de aquel juego de cuerdas y correas, ni insultándola con malos modos, se movían del sitio de sus misteriosas preferencias; á veces una de ellas se escapaba, llevándose á cuestas á uno de nuestros amigos, al cual veíamos maniobrar á lo lejos tirando del bocado á toda máquina, y creíamos perderlo para siempre en aras de aquel furioso torbellino; por fin, movidos de un resorte ignorado de nosotros, quizás guiados por el instinto de imitación, todos los mulos se ponían á correr juntos, y entonces eran de ver las posturas que tomábamos á caballo, ora cayendo sentados de perfil sobre la bestia, ya dándole las espaldas ó bien agarrados cerca de la misma cola, según el movimiento impulsivo que sufríamos en aquel terrible trance.

Lo más triste era que tales escapadas contra nuestra voluntad, acontecían al presentarse un punto de vista hermoso, y á fé que menudeaban. Seguíamos por un valle coronado de peñascos y sumamente variado. Tan pronto el paisaje se presentaba de una aridez parecida á las fotografías de la luna, como cruzábamos por entre frondosos bosques, aquí un grupo de cipreses, allá las encinas formaban compactas masas y entre pedruscos subíamos siempre acercándonos á las ruinas.

Destacáronse éstas por fin en lo alto, en lo altísimo de una peña, sostenidas allá arriba por milagro. Nunca hemos visto castillo aguantarse en punto más peligroso, ni ruinas más bellamente salvajes, ni es posible que haya fuerte más difícil de escalar. Por murallas tiene verdaderos precipicios, por fondo el vértigo y el mar por foso. Aun yendo en son de paz como íbamos nosotros, costónos gran trabajo el escalar aquellas breñas, el entrar en aquel fiero recinto, el llegar allí donde anidan las águilas solamente.

Digo mal, porque el Inglés ¡aquel inglés! ya estaba allí, quizás desde el día antes, compartiendo con los halcones. A pesar de éstos y de él las ruinas eran espléndidas y el panorama sublime. Toda la costa, recta, acantillada, cortada de un solo trazo, se exendía con relieve gigantesco y entraba en el fondo del mar, hasta perderse en Dios sabe qué inmensas y hermosas profundidades!

No había duda, ¡estábamos en una isla!!! Allí se veía su forma redondeada, sus altísimas paredes, sus cimientos misteriosos! Era una isla que parecía brotada de las entrañas del globo, una isla nadando, una isla «rodeada (¡ay!) de mar por todas partes!!» ¡Y qué hermoso estaba el tal mar de nuestras pasadas penas! Qué tranquilo parecía á la mirada, qué transparencia la suya, y cómo bordaba la isla con los besos de sus labios, disimulando su furia á los ojos embebecidos! ¡Cómo hacía soñar en sus paisajes submarinos, en sus bosques de algas, en su finísima piel de arena voluptuosa, durmiendo inmaculada allá en el fondo del fondo de sus aguas, atrayendo á su lecho á los pobres navegantes! Oh, mar! Así me gusta mirarte, á lo lejos, haciendo de fondo á la tierra! tu misión es servir para línea de horizonte! Aquí mismo te tragas, con la atracción de tu vértigo, la obra lenta de los hombres! De este fiero castillo, hoy engulles una piedra en tus senos profundos; mañana otra, otra más tarde, y una á una ves que ruedan hacia tí y que bajan vacilantes entre tus pliegues sin que se calme tu furia! No ha de engañarme tu hermosura. Ya que esto es isla, á un globo recurriremos para marcharnos sin tener que correr sobre tu hipócrita faz, oh mar nefasto y embustero!!

Esto pensado, dejamos el castillo y el Inglés, y nos marchamos á los primeros rayos de la luna que tuvo á bien presentarse para mayor lucimiento. A su pálida claridad (perdón por el ripio) llegamos de nuevo al pueblo: si tristes por las noticias y convencimientos descritos, sumamente impresionados, y dejando el material de caballos, y subidos otra vez en el carril seguimos nuestro camino.

Esta vez era de noche. No solamente no llovía sino que hace mucho tiempo que no llueve en esta isla, sufriendo la agricultura, los intereses materiales y... muchos otros intereses que se prestan á lucirse, pero de los que no hablaremos porque llevábamos prisa y teníamos que viajar á todo trapo.

Toda la noche viajamos, y apenas si nos detuvimos en Alcudia que bien merece la pena de hablar de sus murallas medioevales; y viajamos á la mañana siguiente y por la tarde continuamos viajando. Habíamos equivocado las medidas, ya que la isla era mayor de lo que señalaba el mapa y los caminos se hacían interminables. Siguiéndolos pasamos por la Albufera, cruzamos llanuras sin fín, vimos conejos, oímos cantar perdices, y con estas gratas distracciones, volvió á llegar la noche y á no llover otra vez y á sufrir la agricultura y á no llegar nunca á puerto.

Por fin tuvimos una sorpresa agradable: Alto el carro, dijo Font: —Un talayot á la vista. Bajamos y realmente lo era. Sus piedras más ó menos megalíticas, su ciclópea estructura, y su puerta intacta cubierta por su grandísima losa. ¿Quieren ustedes entrar?, se atrevió á decir el tartanero. —No, mil veces no, dijimos todos a la vez. De seguro que dentro debe de estar el inglés tomando apuntes.

Y continuamos viajando.

Santiago Rusiñol.
Palma de Mallorca.

Santiago Rusiñol: "Desde una Isla / En busca de un istmo (La Vanguardia, 2 de Abril 1893)


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